Mamalola llegaría volando.
Eso nos decía ella y eso creíamos nosotros cuando nos sentábamos a verla aparecer por la ventana ataviada con su picudo sombrero negro y a lomos de la escoba mágica. En lugar de ello entraba por la puerta acompañada de papá, con sus maletas de cuadritos, sus zapatos acordonados y ese gesto suyo tan característico de fruncir el ceño y acercar su rostro a los nuestros para, a través de sus gruesas gafas, ver quien era quien y cuanto habíamos crecido.
Mis hermanos y yo esperábamos ansiosos su llegada y nos peleábamos para ver con quien compartiría dormitorio durante el tiempo que estuviese en casa. En aquella época Mamalola venía a pasar una temporada con nosotros al igual que lo hacía en casa de mis tías, pues se hacía mayor y así se había decidido ("se había" recalcaba ella, porque si por mi fuese en mi casa es donde mejor estoy y no dando tumbos por ahí con las maletas de los demonios) y quizás fuera con nosotros con quien pasara más tiempo ya que vivíamos en otra ciudad y todos los hermanos de mamá vivían en la misma.
Le ayudábamos a deshacer, y nunca mejor dicho, las maletas de los demonios a la espera de ver, con ese egoísmo infantil, que regalos nos traía y sin parar de dar la matraca para que durmiera con uno de nosotros y nos contara sus viejas o nuevas historias y cuentos. Ella enseguida se ponía a regañarnos, tenía un genio de narices, y pasaba de llamarnos sus pajaritos a simplemente pajarracos y acto seguido nos echaba con cajas destempladas de la habitación hasta que tenía en orden todas sus cosas y se le pasaba el enfado, lo que sucedía rápidamente. De ley es decirlo.
Cuando era yo la que disfrutaba de su compañía nocturna, estiraba al máximo esas veladas, ella las llamaba, el rato de las insomnes. No me cansaba de escucharla. Con ella descubrí todo un mundo de fantasía y mi imaginación trabajó a pleno rendimiento. Fue la mejor cuenta cuentos que he conocido, aunque no siempre fueron cuentos lo que compartió conmigo. Me narraba sus avatares durante la guerra civil, y yo que era la mayor de mis hermanos pero de edad temprana, no entendía muchas de las cosas que me decía e interrumpía cada dos por tres su historia para preguntar el significado de tal o cual palabra. Como era de genio corto, cuando cumplí seis años me regaló un diccionario en el que había escrito: "Para que no le des la tabarra a la Mamalola y te diviertas buscando palabras. Siempre un pensamiento". Por raro que pueda parecer me encantó el regalo, claro que iba acompañado de una muñeca preciosa y de dos tochos de libros de cuentos que me regalaron mis padres. Creo que ahí nació mi afición a la lectura.
Recuerdo que antes de tener en mi poder el diccionario, no siempre recurría a el, le pregunté que eran "pasquines" a colación de lo que me estaba contando: "El día que más vergüenza pasé en mi vida fue cuando los nacionales me humillaron haciéndome pegar su propaganda por todo el pueblo a plena luz del día. ¡Que deshonra!. A tu abuelo lo metieron preso por ser republicano, alcalde y de familia bien, ahora qué...por la noche nos vengábamos pegando nuestros pasquines sobre su propaganda y pasando mucho miedo, muchísimo miedo".
En ese momento, pasé de la devoción a la admiración, ¡ni Agustina de Aragón estaba a su altura!...y era mi abuela.
Cuando salíamos del colegio y terminaba los deberes me sentaba con ella en la salita donde se había habilitado su espacio de costura y se pasaba las hora muertas sin parar de darle a las agujas. Tenía unas manos primorosas, las mejores de la provincia -decía orgullosa- igual que las de su madre, mi bisabuela, y me enseñó a hacer ganchillo, tejer y bordar aunque esto último sonaría pretencioso en mi caso, pues mi labor del revés era una maraña de nudos y cruce de hilos que dañaba a la vista. A veces, cuando lo veía, me decía que no fuera tan marrana, y entonces se me saltaban las lágrimas y me quedaba la cara llena de churritones, por lo que se compadecía de mi y exclamaba: "¡pero no llores pajarita! que nadie nace sabiendo. Fíjate que..a mi me salió bien ayer".
Como no dejaba de ser una niña, cuando me cansaba de estar sentada, buscaba a mis hermanos para perpetrar alguna fechoría y como estas siempre terminaban en castigo pues me ponía a escribir y dejar que mi imaginación se desbocara. A los doce años escribí mi primer poema. Trataba de un cervatillo al que matan a su madre, no era Bambi, pero me traumatizó tanto esa escena cuando la vi, que quise hacer una crítica a los cazadores y en cierto sentido, quitarme esa espinita de amargura que Walt Disney había hincado en mi corazón (entonces desconocía que el autor del cuento era Félix Salten y no pude descargar mi ira con el). Se lo enseñé a Mamalola, mi padre en aquel entonces viajaba mucho y mi madre (la pobre) bastante tenía con ir buscando los trozos de comida que nosotros, en sus descuidos, escondíamos en los cajones y debajo de las alfombras porque todo se nos hacia"bola" en la boca...., Mamalola leyó la poesía y me dijo: "Escribe Jana, escribe todo lo que quieras, así siempre tendrás recuerdos en la cabeza y recuerdos en el papel".
Poco antes de cumplir diecinueve años mamá nos anunció que Mamalola había muerto. Transcurridos muchos minutos, le pregunté a mi madre si podía salir porque había quedado con mis amigas.
Pasé en el terrado de la finca, acurrucada y sin cesar de llorar, toda la tarde....y recordando El Rato de las Insomnes.