Despierto sin alarma. Sin despertar del todo. Deambulo y la inercia me lleva a la cafetera, a punto, deseando ofrecerme su reconfortante servicio. Me abstraigo de todo en ese momento, mirando a lo lejos las montañas a través de la ventana. La mañana es fría, está muy nublado y agradezco el calor que transmite la taza a mis manos heladas. Como disfruto ese instante...
Mis párpados aun permanecen entornados, a media luz, como las lamas de una cortina veneciana...
Y cuando recupero todos mis sentidos, en ese preciso
instante, es cuando digo
¡¡BUENOS DIAS, MUNDO!!
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